En 1840 Miguel Farfán, luthier cuzqueño, fabrica un numero importante de guitarras de alta factura.

A pesar que la construcción de guitarras en este país comenzó al promediar cien años de iniciada la conquista - Gaspar de Urbina, en 1621- es un tema que se encuentra poco documentado. El proceso cultural que empezó en el territorio andino en el siglo XVI, produjo las bases de una nueva conciencia, la aparición de un sentimiento criollo; en todo este proceso, el constructor de instrumentos musicales en Lima, Ayacucho, Cuzco, Cajamarca o Arequipa, concilió la tradición europea con su temperamento. Complementó su destreza y su técnica mestiza a la música que nacía. En pleno siglo XX podemos afirmar que existen innumerables rasgos que semejan a los instrumentos de la primera hora.

En cuanto a la falta de nombres de constructores de guitarras, es muy probable que haya pasado lo mismo que con el músico, el poeta o el escultor: tenían un desarrollado sentido del trabajo colectivo y carencia de sentimiento de propiedad. Son muy pocos los (pintores mayormente) artistas que firmaron sus obras; pero no por ello es menor el caudal de arte anónimo que nos han legado.

Las cosas hoy en día no son muy distintas: Se habla de la bondad de las guitarras ayacuchanas, arequipeñas o cajamarquinas, en deportiva competencia.

El caso del pueblo de Namora, es digno de mención. En esta pequeña villa rural del departamento de Cajamarca, en la sierra norte del Perú, sus habitantes, en gran proporción, comparten la vida agrícola con la construcción de guitarras.

En 1840 Miguel Farfán, luthier cuzqueño, fabrica un numero importante de guitarras de alta factura. La forma y características de sus instrumentos nos recuerdan a las guitarras de transición de J. Benedit y J. Pagés, como también a las guitarras románticas franco italianas. Un ejemplar de dicho instrumento se halla en el Museo de instrumentos del Conservatorio de Barcelona y otro en una colección privada.

Después de este valioso y solitario hecho, el denso vacío de información sigue su curso hasta el presente siglo. Alrededor de 1930 algunos constructores locales, pareciera que tomaron conciencia de la calidad de instrumentos que hacían y posiblemente incentivados por míticos nombres que venían de Europa, decidieron emularlos.

Emilio Huertas fue el primer gran luthier moderno que firmó sus guitarras. La marca que usó en sus guitarras de conciertos fue "Huertárious", en clara referencia a los célebres violines.

Entre los años 40 y 50, surgen Federico Fajardo y Rómulo Alaluna que construyeron guitarras extraordinarias. También se hace conocido Abraham Falcón, prolífico artesano que inicia una distancia entre los luthiers: Se especializa en instrumentos ideales para el acompañamiento de la llamada música criolla. Abraham Falcón quedó entre los tres primeros lugares en el concurso de luthiers realizado en París en 1987.

Poco después, Américo Sánchez entra a competir en un mercado cada vez más exigente, con gran éxito. Por último nombramos a Daniel Moncloa que a nuestro entender es el mejor constructor de guitarras habido en el Perú. También citamos a Manuel Baca, como un sobresaliente constructor de charangos.

Terminamos con nuestro reconocimiento y gratitud a la legión de constructores anónimos, que han trabajado sin alardes, en este noble oficio, y han hecho posible que otros, también anónimos instrumentistas y compositores, hayan mantenido viva una tradición, que deviene en auténtica historia.
   
       
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